¿Quién dice yo?

En enero de 1935, Fernando Pessoa le escribió a Adolfo Casais Monteiro para explicarle de dónde venían los heterónimos. Llevaba días, cuenta, intentando inventarse un poeta bucólico para gastarle una broma a un amigo, y no lo conseguía. El día en que finalmente desistió —el 8 de marzo de 1914— se acercó a una cómoda alta, tomó un papel y se puso a escribir de pie, como escribía siempre que podía. Salieron treinta y tantos poemas seguidos, en una especie de éxtasis cuya naturaleza, dice, no conseguiría definir. Lo llamó el día triunfal de su vida. Y describe lo que ocurrió después con una frase de la que él mismo se disculpa por absurda: apareció alguien en él, y ese alguien era su maestro.

Conviene decir enseguida que la escena probablemente no ocurrió. El análisis filológico de Ivo de Castro concluyó que el 8 de marzo, que se sepa, Pessoa descansó, y la carta está escrita veintiún años después de los hechos que narra. Pero eso, lejos de invalidar nada, es lo interesante: la fecha puede ser falsa y Alberto Caeiro existe igual, con su obra, sus discípulos y sus discrepancias internas. Lo inventado es el parto. El hijo está ahí.

Traigo esto porque hace poco leí un artículo de Ana González Serrano sobre el yo lírico y el yo poético, que ordena bien una discusión clásica: si el que habla en un poema es el autor o es otro, y cuántas maneras hay de que sea otro. Son distinciones útiles. Pero todas comparten un supuesto que a mí me parece el verdadero problema: dan por hecho que en alguna parte hay un yo firme, el del poeta, del cual el poema se acerca o se aparta. Yo no estoy tan seguro de que ese yo firme exista.

Y no lo digo por gusto de la paradoja, sino porque el propio Freud, a quien se suele citar en estos asuntos para lo contrario, dice justamente eso. En 1917, en Una dificultad del psicoanálisis, enumeró las tres heridas que la ciencia había infligido al amor propio humano: Copérnico nos sacó del centro del universo, Darwin del centro de la creación, y la tercera, la suya, nos sacó del centro de nosotros mismos. El ser humano, escribe, aunque humillado por fuera, se sentía todavía soberano en su propia alma; y descubre ahora que tropieza con limitaciones de su poder dentro de su propia casa. Le surgen pensamientos que no sabe de dónde vienen y que no puede rechazar. Los llama huéspedes indeseables, y añade que resisten a la voluntad e ignoran la contradicción lógica y el testimonio de la realidad.

Seis años después, en El yo y el ello, el yo aparece ya como un siervo sometido a tres servidumbres a la vez: el mundo exterior, el ello y el superyó. No es el punto de partida de nada. Es un producto, y uno bastante tironeado.

Compárese esa frase de 1917 —huéspedes que surgen no se sabe de dónde y no pueden rechazarse— con la de Pessoa: apareció alguien en mí. Están describiendo lo mismo, uno desde la consulta y otro desde la cómoda.

Y ahí es donde la discusión sobre el yo lírico se queda corta. No se trata de decidir si el que habla en el poema es el poeta o un personaje. Se trata de que el poeta tampoco es exactamente el poeta. Preguntar si el yo del poema coincide con el yo del autor supone que el segundo es más sólido que el primero, y esa es justamente la ilusión que Freud se dedicó a desmontar.

Los heterónimos de Pessoa no son seudónimos ni disfraces. Son autores con obra propia que se llevan mal entre sí: Caeiro es el maestro, Reis y Campos sus discípulos, y discrepan. Pessoa no fingió ser otro. Produjo otros. Por eso su verso más citado no dice lo que se le suele hacer decir: cuando escribe que el poeta es un fingidor, que finge tan completamente que llega a fingir que es dolor el dolor que de veras siente, no está confesando una mentira. Está describiendo una operación. El dolor entra en el poema y sale convertido en algo que ya no es del todo suyo, ni del todo de nadie.

En los artículos anteriores sostuve que el poema aparece cuando la atención está ocupada a medias: caminando, conduciendo, en el filo del sueño, con el vigilante distraído. Si eso es cierto, esto viene a ser su consecuencia. El que escribe en ese estado no es exactamente el que firma después. No hay dos yoes que distinguir y clasificar; hay uno que se está haciendo mientras escribe, y que al terminar el poema no es el mismo que lo empezó.

Raúl Gómez Jattin lo dejó dicho mejor que cualquier teoría, y en tercera persona, que es como hay que decirlo. Escribe que Raúl Gómez Jattin es todos sus amigos y no es ninguno cuando pasa. Y entonces, en mitad del poema, se queda sin nombre: Nadie soy yo. Nadie soy yo.

El poema termina, sin embargo, con una concesión que lo salva de la nada: siendo ellos, y siendo a veces también yo.

A veces. Que es todo lo que un poeta puede decir del asunto sin mentir.

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Mezcla desigual

Pensamos el mundo en parejas. Luz y sombra, dentro y fuera, amor y muerte. Nos parece que las cosas vienen así de fábrica, enfrentadas de dos en dos, y que basta con poner una frente a otra para entenderlas. Pero eso no es una propiedad del mundo. Es una propiedad del idioma con el que lo decimos.

Saussure lo dejó dicho hace un siglo: una palabra no es lo que es por sí misma, sino por no ser las otras. Su identidad es negativa, se constituye contra. De ahí que el lenguaje nos entregue la realidad partida en dos y que nosotros, encima, se lo agradezcamos. Escribimos con pares porque el idioma no sabe darnos otra cosa.

El problema es que el deseo no funciona así.

En 1920, en Más allá del principio del placer, Freud separó las dos pulsiones y les puso nombre: una que empuja hacia la vida y otra que empuja hacia el final. Parecía otro par más, y así se ha divulgado desde entonces, como si fueran dos equipos. Pero tres años después, en El yo y el ello, tuvo que reconocer que no se dan separadas. En cada fragmento de sustancia viva, escribió, están activas las dos clases de pulsiones, aunque en mezcla desigual. No hay pulsión pura. Hay proporciones. Y añadió algo que a los poetas nos concierne directamente: que la vida misma es un compromiso entre ambas aspiraciones.

Si eso es cierto, entonces no existe el poema de amor sin muerte dentro, ni la elegía que no sea, en el fondo, una declaración de amor llegada tarde.

Quevedo lo sabía sin necesidad de Freud. En el soneto que conocemos como Amor constante más allá de la muerte, los tercetos funcionan por correspondencia exacta: el alma dejará el cuerpo pero no el cuidado; las venas serán ceniza, mas tendrá sentido; las médulas serán polvo, mas polvo enamorado. Tres veces se enuncia la aniquilación y tres veces una conjunción adversativa la refuta sin negarla. El par no se resuelve: se mantiene tenso dentro del mismo verso.

Y en el último, que es el que todos recordamos, ni siquiera queda el mas separándolos. Las dos palabras están pegadas. Polvo enamorado: un sustantivo de muerte y un adjetivo de amor, sin nada en medio. Eso es la mezcla desigual de Freud dicha tres siglos antes y en cinco sílabas.

Yo he andado por ahí también. Un verso mío que me ha costado años entender dice: desaparecer en la presencia, disolverse en el siendo. No supe de dónde venía cuando lo escribí. Ahora creo que dice justamente esto: que la presencia no se enfrenta a la desaparición, la contiene; que estar y dejar de estar no son dos casillas sino una sola cosa en distinta proporción. Los gerundios impiden que nada se cierre, que es la única manera que conozco de escribirlo sin mentir.

Queda la pregunta que me traía a este asunto: si en la poesía gana Tánatos. Yo habría puesto la mano en el fuego a que sí. Ahora creo que la pregunta está mal hecha, pero que la impresión tiene una causa, y no es la que parece.

No es que se escriba más sobre la muerte. Es que la muerte presta gravedad. El tema llega con la autoridad puesta de antemano: nadie se ríe de un poema de duelo, aunque sea flojo. El poema de gozo no tiene ese salvoconducto, y si falla se le nota enseguida y se le llama cursi. Compárense las malas imitaciones de uno y otro y se verá: el mal poema de muerte pasa por digno, el mal poema de alegría pasa por ridículo. La elegía es género mayor desde hace tres mil años; el poema de felicidad no tiene ni nombre propio. Eso no es una jerarquía estética, es una herencia que nadie ha revisado.

Y lo digo desde dentro. Yo escribo desde ahí, desde la enfermedad y desde los que faltan, y me he beneficiado de esa facilidad tanto como cualquiera. No estoy acusando a nadie de una cobardía que no comparta.

De modo que el recuento es imposible, y no por falta de método. Es imposible porque no hay poemas de una sola pulsión que contar. Los hay con más de una que de otra, en mezcla desigual, como todo lo vivo.

Eso es, para mí, lo que un poema hace con el idioma que le tocó. El idioma solo sabe oponer: esto y no lo otro, luz y no sombra, vivo y no muerto. El poema es el único sitio donde ese mecanismo se rompe, donde una palabra deja de estar frente a su contraria y pasa a contenerla.

Polvo, pero enamorado.

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El poema no busca una verdad, busca el hecho

La verdad poética es “lo que el poema nos hace entender” sobre la vida, las cosas reales para el autor o incluso para nosotros mismos, sabiendo que el poema siempre es verdad, aunque sea la mentira del poeta.
El hecho poético es muy diferente: es lo que nos recorre de pies a cabeza cuando leemos o escribimos y, de repente, sentimos el acontecimiento y la vivencia estética para poder decir: «Me he quedado sin palabras».

VERDAD POÉTICA: más revelación que dato

No va de si lo que cuenta el poema pasó de verdad en la historia, sino de si lo que dice tiene un sentido hondo y te hace ver algo que antes no veías.
La poesía no narra “lo que pasó”, sino “lo que podría pasar” de una manera que suene creíble y universal.
Hoy lo diríamos así: un poema es “verdadero” cuando abre mundo, cuando su palabra te muestra la realidad de otra forma, aunque use imágenes inventadas o “mentiras”.
Por ejemplo, si alguien escribe “estoy tan solo que hasta el eco me ignora”, no es un hecho real, pero puede ser poéticamente verdadero para el poeta que lo escribió, porque observa una experiencia de soledad extrema.

HECHO POÉTICO: el momento: «¡Hostia, esto es poesía!»

No es el poema como objeto (el papel, los versos, la métrica), sino lo que ocurre cuando alguien lo lee o lo escribe y lo siente como poesía. Es ese instante en que un texto, un paisaje o una situación se vuelven poesía para ti, y como dice mi camarada y poeta, Felix Striker: «Pasan cosas». Si lees un poema y no te pasa nada, para ti no hubo hecho poético, aunque el poema esté bien escrito.
Se debe distinguir entre “lo poético” (esa cualidad que puede estar en muchas cosas) y el poema concreto; el hecho poético que esa cualidad se encienda en tu experiencia y te queme las entrañas.

¿Y CÓMO ENCAJAN LOS DOS JUNTOS?

La verdad poética es, el “qué” de fondo que el poema comunica, una visión o revelación; el hecho poético es el “cuándo” y el “cómo” en que esa experiencia se dispara en ti al leer, escribir o vivir algo. Un poema siempre cuenta la verdad poética de su autor, aunque mienta; pero si a ti no te explota el pecho, no hay hecho poético. Eso impedirá encontrar un momento particular en tu vida que luego encuentres reflejado en un poema que te haga decir: «¡Esto sí es lo que yo sentía!»

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El poeta trabaja

Saint-Pol-Roux colgaba en la puerta de su dormitorio, antes de acostarse, un cartel que decía: el poeta trabaja.

En el artículo anterior quedó apuntado que el poema no aparece cuando uno despeja la tarde, sino cuando la atención está ocupada a medias: caminando, conduciendo, en el filo del sueño. Conviene volver sobre ello, porque no es una ocurrencia particular mía: hay un linaje entero de gente que ha ido a buscar exactamente ese sitio.

El primero que lo describió con precisión de relojero fue Poe, en unas páginas de Marginalia publicadas en 1846. Empieza presumiendo: nunca ha tenido un pensamiento que no pudiera poner en palabras, dice, y con más nitidez incluso que al concebirlo. Y entonces admite la excepción. Hay una clase de figuraciones, de una delicadeza exquisita, que no son pensamientos y a las que le ha resultado imposible adaptar lenguaje. Usa la palabra fancies al azar, aclara, porque alguna tiene que usar; lo que quiere nombrar son más bien sombras de sombras. Solo aparecen, dice, en el punto exacto donde los confines del mundo despierto se funden con los del mundo de los sueños, y solo es consciente de ellas al borde mismo del sueño, sabiendo que lo está.

Lo decisivo viene después. Poe explica que no puede prolongar ese estado, pero sí sobresaltarse desde él hacia la vigilia y arrastrar así el punto entero al reino de la memoria, donde ya puede examinarlo con el ojo del análisis. Eso no es esperar la inspiración. Eso es un método.

Breton llegó al mismo sitio por su cuenta. Cuenta que todo empezó mientras esperaba quedarse dormido, con la retención de una frase muy gráfica —hay un hombre cortado en dos por la ventana— a la que no podía atribuir ninguna procedencia y que, sin embargo, tenía la sintaxis perfecta. De ahí salió Los campos magnéticos, en 1919, y de ahí salió medio siglo de escritura automática. Fíjense en el detalle, que es el que importa: la sintaxis perfecta. El umbral no entrega balbuceos. Entrega lenguaje construido.

Coleridge contó que Kubla Khan se le apareció entero en una ensoñación provocada por el opio, y que un visitante inoportuno, un hombre que venía de Porlock por negocios, lo interrumpió mientras lo transcribía y se llevó consigo el resto del poema. Preciosa historia, pero la contó veinte años después, y hay quien sostiene desde hace tiempo que el hombre de Porlock es invención para justificar que aquello quedara a medias. Stevie Smith lo dijo mejor que nadie: la verdad, creo, es que ya estaba atascado.

Conviene, entonces, traer al escéptico de la casa. Valéry escribió sus Cuadernos durante cincuenta y un años, cada día al amanecer, entre la lámpara y el sol, y despreciaba la doctrina de la inspiración con argumentos difíciles de esquivar. Si el poeta se limitara a transmitir lo que recibe, observa, sería un médium momentáneo, y entonces no necesitaría ni siquiera entender lo que escribe. Y añade la objeción práctica: ante un poema logrado, hay pocas probabilidades de que nadie, por bien dotado que esté, improvise de una sola vez un sistema continuo y completo de aciertos afortunados. Lo que ocurre es que las huellas del esfuerzo —las repeticiones, los arrepentimientos, los malos días, los disgustos— han desaparecido, borradas por el examen último del espíritu sobre su obra.

Creo que Valéry tiene razón y que eso no desmonta nada. El umbral entrega el primer verso, no el poema. Entrega una frase con la sintaxis en su sitio y sin procedencia conocida. Lo demás es taller, y ahí no hay ensoñación que valga.

La ciencia se ha ocupado del asunto hace poco, y con resultados curiosos. Al primer tramo del adormecimiento, ese minuto o dos en que uno ya no está despierto pero todavía responde si le hablan, los laboratorios del sueño lo llaman N1. Un equipo del Instituto del Cerebro de París midió en 2021 qué pasaba ahí dentro: quince segundos en esa franja triplicaban la probabilidad de dar con la solución oculta de un problema, y el efecto se perdía en cuanto los sujetos caían en un sueño más hondo. Lo bautizaron, con más gracia de la que suele gastar la neurociencia, el punto dulce creativo. Que es, palabra por palabra, lo que Poe llamó un punto de tiempo inapreciable atestado de sombras de sombras.

Añadiré algo desde mi propio oficio, donde llevo años trabajando con estados en que la vigilancia baja sin que la persona se ausente. No hay nada esotérico en ello: hay técnica y hay repetición. De ahí viene lo que he dado en llamar hipnopoesía, que no es escribir dormido, sino usar deliberadamente los recursos de ese estado para que el poema encuentre por dónde salir.

Porque de todo esto se deduce algo poco romántico y bastante útil. El estado no llega: se prepara. Poe se despertaba a propósito. Edison y Dalí dormitaban con un objeto en la mano para que el ruido de la caída los devolviera justo a tiempo —y los investigadores de París, por cierto, echan hoy la siesta con una botella de plástico, esperando a que se les caiga. Valéry madrugaba cincuenta y un años seguidos. Breton se acostaba atento.

De ahí el cartel de Saint-Pol-Roux, que ya no parece una boutade. Al otro lado de esa puerta no había nadie descansando.

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El poeta tiene otro oficio

La imagen es tenaz y viene del romanticismo: para escribir hacen falta silencio, retiro, tiempo despejado. El trabajo sería aquello que le pasa al poeta mientras no escribe. Hay quien se retira del mundo entero y de ahí sale una obra grande, y ese es otro asunto. Pero casi ningún poeta que nos importe ha escrito en esas condiciones.

César Vallejo entró en la cárcel de Trujillo en noviembre de 1920, acusado en falso de incendiario. En el parte policial, donde pone profesión, escribieron: las letras. Pasó allí ciento doce días y corrigió parte de Trilce rasguñando horas de tedio, aunque el libro venía de antes, de los años de maestro de escuela: sesenta de sus setenta y siete poemas ya estaban escritos cuando lo detuvieron. T. S. Eliot pasó ocho años en el departamento colonial y extranjero del Lloyds Bank de Londres, en un sub-sótano donde Huxley fue a visitarlo y lo encontró convertido en el más oficinista de todos los oficinistas; La tierra baldía es de esos años. Un directivo del banco, al enterarse del éxito de aquella afición suya, opinó que el chico tenía futuro: con tiempo, podría llegar a director de sucursal. Gloria Fuertes entró de contable en unos talleres metalúrgicos con diecisiete años, recién muerta su madre, y escribía poemas entre cuenta y cuenta; luego vinieron veinte años de secretaria en lo que ella llamaba horribles oficinas. No hay nada que idealizar ahí: las aborrecía y las dejó en cuanto pudo. Pero Isla ignorada se escribió dentro de ellas.

Ninguno escribió en el vacío. Todos tenían algo esperándoles a las ocho de la mañana.

Pero aquí conviene corregir el planteamiento. Solemos discutir esto como un problema de tiempo —cuántas horas libres le quedan al poeta después del trabajo—, y no es un problema de tiempo. Es un problema de estado.

Nadie escribe porque haya despejado la tarde. Uno escribe cuando siente que puede o que debe, y ese momento es impredecible: llega durmiendo, paseando, en el baño, en mitad de una conversación a la que en teoría estamos atendiendo. Si tuviera que hacer un ranking propio diría: de noche, justo antes de que me lleve el sueño; caminando; conduciendo.

Mirados juntos, esos tres sitios tienen algo en común, y no es la tranquilidad. Es que en los tres la atención está ocupada a medias. El cuerpo va en automático —los pies, el volante, la respiración que empieza a espesarse— y eso deja libre precisamente la parte de la cabeza que se dedica a vigilar. Ni concentración ni ausencia: un halo de libertad, el margen donde el lenguaje puede extenderse sin que nadie le pida cuentas.

Bachelard le puso nombre a esto en 1960 y lo llamó ensoñación. Insistía en distinguirla del sueño: cuando dormimos no hay nadie, mientras que en la ensoñación seguimos ahí, despiertos pero sin la obligación de pensar ordenadamente. De ahí sacaba una distinción que nos sirve: hay un lenguaje descansado y hay un lenguaje vigilado, y las palabras no pesan igual en uno que en otro.

Es lo contrario de lo que promete la habitación silenciosa. En la habitación silenciosa no hay nada que distraiga al vigilante, y entonces el vigilante se dedica a lo suyo, que es corregir antes de que haya nada que corregir.

Y de ahí lo que quería decir sobre el oficio. El turno, la reunión, la carretera de vuelta a casa no le roban el poema al poeta: le fabrican el estado en que el poema aparece. Se atribuye a Picasso aquello de que la inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando. Habría que añadir que el trabajo que te encuentra no siempre es el de escribir.

Y hay oficios que además prestan un oído. Durante años he escuchado a personas cuyo lenguaje se había salido de sus goznes: sintaxis rotas, palabras inventadas por necesidad, asociaciones que ninguna prosa sensata haría. De ahí ha salido más de un verso mío, y no por rareza ni por hallazgo pintoresco, sino porque ese habla hace con el idioma lo que un poema intenta hacer, sin ninguno de nuestros artificios y sin ningún propósito estético. Uno aprende a escuchar, y luego escucha en todas partes.

Nada de esto es un elogio de la precariedad, y conviene decirlo claro. El tiempo robado a un oficio es una cosa; la miseria es otra muy distinta, y no fabrica ningún estado ni ninguna condensación. Vallejo murió en París a los cuarenta y seis años, enfermo y sin dinero, con el juicio de Trujillo todavía abierto. Lo que ayuda al poema es tener la cabeza ocupada en otra cosa. Lo que la tiene ocupada en si se come mañana no ayuda a nada.

De modo que la escena del principio no es una rareza de biografía literaria. Un hombre camina dos millas hacia una oficina de seguros, ajustando las palabras al ritmo de sus pasos, y al llegar entrega unos papelitos y se pone a trabajar. No escribía a pesar del camino. Escribía porque lo andaba.

Sobre ese estado —el momento de tránsito en que el poema aparece— volveré en un próximo artículo.

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Siempre falta una palabra


Representar es que algo ocupe el lugar de otra cosa
. La huella ocupa el lugar del pie; la palabra perro, el lugar del perro. Hasta ahí, nada nuevo. Lo interesante viene después: entre la palabra y la cosa la distancia nunca puede ser cero. Si lo fuera, todo se derrumbaría, porque nada puede ocupar su propio lugar. Siempre sobra algo en la palabra que no está en la cosa, y siempre queda algo en la cosa que la palabra no alcanza.

Ese resto tiene nombre en el psicoanálisis: deseo. Y tiene nombre en nuestro oficio: poema. Escribimos porque el intercambio es imposible, no a pesar de ello. El día en que la palabra madre devolviera exactamente a tu madre, dejaríamos de escribir.

De ahí sale lo que Montalbetti llama el Teorema de Lacan: en todo sistema de palabras siempre falta una. Una que no está, que no se puede nombrar, y sin la cual el resto no se sostendría. Y entonces la fórmula: una obra es una cadena de palabras haciendo borde alrededor de una falta. No se trata de tener algo profundo que decir y luego decirlo con belleza. Se trata de que las palabras dibujen el contorno de aquello que no tiene palabra, como el barro del alfarero no rodea un hueco que ya existía: lo fabrica al rodearlo. Lo difícil no es abrir el vacío; es que siga siendo vacío después de haberlo organizado. Un poema fracasa exactamente ahí, cuando el hueco que abrió se le rellena de explicación.

Y aquí el hallazgo del texto. Brunelleschi le regaló a la pintura dos cosas que no están en el mundo: la línea del horizonte y el punto de fuga. No estaban fuera esperando; las ponemos nosotros para que el mundo parezca objetivo.

¿Cuál es la línea del horizonte del lenguaje? La barra que separa el sonido del sentido. Esa raya que damos por descontada —arriba la palabra, abajo lo que significa— tampoco viene dada. La ponemos para que la comunicación parezca garantizada. No lo está. Solo hay subjetividades incompletas hablándose.

Entonces Montalbetti se atreve: un poema es lenguaje sin línea del horizonte. Piénsese en Trilce, en Beckett, en Gertrude Stein. Textos donde la raya se ha borrado y ya no se sabe qué está arriba y qué abajo, dónde acaba el sonido y empieza el sentido. Es la definición más limpia que he leído de lo que hacemos. Un poema no es un mensaje adornado: es lenguaje al que se le ha retirado la garantía.

Última distinción, y es la que nos concierne. Hay representaciones cerradas: sé perfectamente que el embajador está en lugar del Estado. Y hay representaciones abiertas: un cuadro, una casa, un poema. Están en lugar de otra cosa que no sabemos cuál es. Por eso hablamos de ellos sin parar.

Y por eso un poema no se agota. No porque sea profundo, ni porque el autor fuera un alma torturada, ni porque esconda una clave. No se agota porque en toda cadena de palabras siempre falta una, y esa falta garantiza que el canje nunca sea perfecto.

Escribir es aceptar ese trato: poner palabras alrededor de lo que no tiene ninguna, y dejar el hueco intacto.

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