El poeta tiene otro oficio

La imagen es tenaz y viene del romanticismo: para escribir hacen falta silencio, retiro, tiempo despejado. El trabajo sería aquello que le pasa al poeta mientras no escribe. Hay quien se retira del mundo entero y de ahí sale una obra grande, y ese es otro asunto. Pero casi ningún poeta que nos importe ha escrito en esas condiciones.

César Vallejo entró en la cárcel de Trujillo en noviembre de 1920, acusado en falso de incendiario. En el parte policial, donde pone profesión, escribieron: las letras. Pasó allí ciento doce días y corrigió parte de Trilce rasguñando horas de tedio, aunque el libro venía de antes, de los años de maestro de escuela: sesenta de sus setenta y siete poemas ya estaban escritos cuando lo detuvieron. T. S. Eliot pasó ocho años en el departamento colonial y extranjero del Lloyds Bank de Londres, en un sub-sótano donde Huxley fue a visitarlo y lo encontró convertido en el más oficinista de todos los oficinistas; La tierra baldía es de esos años. Un directivo del banco, al enterarse del éxito de aquella afición suya, opinó que el chico tenía futuro: con tiempo, podría llegar a director de sucursal. Gloria Fuertes entró de contable en unos talleres metalúrgicos con diecisiete años, recién muerta su madre, y escribía poemas entre cuenta y cuenta; luego vinieron veinte años de secretaria en lo que ella llamaba horribles oficinas. No hay nada que idealizar ahí: las aborrecía y las dejó en cuanto pudo. Pero Isla ignorada se escribió dentro de ellas.

Ninguno escribió en el vacío. Todos tenían algo esperándoles a las ocho de la mañana.

Pero aquí conviene corregir el planteamiento. Solemos discutir esto como un problema de tiempo —cuántas horas libres le quedan al poeta después del trabajo—, y no es un problema de tiempo. Es un problema de estado.

Nadie escribe porque haya despejado la tarde. Uno escribe cuando siente que puede o que debe, y ese momento es impredecible: llega durmiendo, paseando, en el baño, en mitad de una conversación a la que en teoría estamos atendiendo. Si tuviera que hacer un ranking propio diría: de noche, justo antes de que me lleve el sueño; caminando; conduciendo.

Mirados juntos, esos tres sitios tienen algo en común, y no es la tranquilidad. Es que en los tres la atención está ocupada a medias. El cuerpo va en automático —los pies, el volante, la respiración que empieza a espesarse— y eso deja libre precisamente la parte de la cabeza que se dedica a vigilar. Ni concentración ni ausencia: un halo de libertad, el margen donde el lenguaje puede extenderse sin que nadie le pida cuentas.

Bachelard le puso nombre a esto en 1960 y lo llamó ensoñación. Insistía en distinguirla del sueño: cuando dormimos no hay nadie, mientras que en la ensoñación seguimos ahí, despiertos pero sin la obligación de pensar ordenadamente. De ahí sacaba una distinción que nos sirve: hay un lenguaje descansado y hay un lenguaje vigilado, y las palabras no pesan igual en uno que en otro.

Es lo contrario de lo que promete la habitación silenciosa. En la habitación silenciosa no hay nada que distraiga al vigilante, y entonces el vigilante se dedica a lo suyo, que es corregir antes de que haya nada que corregir.

Y de ahí lo que quería decir sobre el oficio. El turno, la reunión, la carretera de vuelta a casa no le roban el poema al poeta: le fabrican el estado en que el poema aparece. Se atribuye a Picasso aquello de que la inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando. Habría que añadir que el trabajo que te encuentra no siempre es el de escribir.

Y hay oficios que además prestan un oído. Durante años he escuchado a personas cuyo lenguaje se había salido de sus goznes: sintaxis rotas, palabras inventadas por necesidad, asociaciones que ninguna prosa sensata haría. De ahí ha salido más de un verso mío, y no por rareza ni por hallazgo pintoresco, sino porque ese habla hace con el idioma lo que un poema intenta hacer, sin ninguno de nuestros artificios y sin ningún propósito estético. Uno aprende a escuchar, y luego escucha en todas partes.

Nada de esto es un elogio de la precariedad, y conviene decirlo claro. El tiempo robado a un oficio es una cosa; la miseria es otra muy distinta, y no fabrica ningún estado ni ninguna condensación. Vallejo murió en París a los cuarenta y seis años, enfermo y sin dinero, con el juicio de Trujillo todavía abierto. Lo que ayuda al poema es tener la cabeza ocupada en otra cosa. Lo que la tiene ocupada en si se come mañana no ayuda a nada.

De modo que la escena del principio no es una rareza de biografía literaria. Un hombre camina dos millas hacia una oficina de seguros, ajustando las palabras al ritmo de sus pasos, y al llegar entrega unos papelitos y se pone a trabajar. No escribía a pesar del camino. Escribía porque lo andaba.

Sobre ese estado —el momento de tránsito en que el poema aparece— volveré en un próximo artículo.

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Poemas
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