Adicción al humo

I
Mientras tú vives ufano
en el cepo de la trampa,
—sin darte cuenta— te estampa
su muesca el destino arcano.

Ya sea invierno o verano,
con un “no, no pasa nada”,
saludas en cada entrada
y te engañas —solo un poco—
aspirando como loco,
palmando en cada calada.

II
No te dejes caer —no te tires—
en la tentación del detalle
que al arder
provoca
el dolor de la sombra roja
y que la lava del pergamino
comience a encoger,
el gargajo en el cemento
y el hedor harapiento.

No te dejes caer,
que ya te abraza del talle
la apnea madura,
que casa —demasiado bien—
con lo que no quieres ser.

 

 

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Poemas

Vine de lejos

Vine de lejos, de tiniebla oscura,
mis brazos, aspas rotas en el suelo,
tu mirada, colgada de aquel cielo,
como una luna presa en su locura.

Se desgarraron nubes en la altura,
abrí los ojos rumbo a mi desvelo;
un galope se acerca, sin consuelo,
tu pelo cae, un río en su premura.

Ebrio quedé de tu entraña más plena,
un viento entre mis manos sopla fuerte,
la sorda brisa que la piel condena;

pienso en los idos, bajo alguna suerte,
qué pequeño es el mundo, una cadena,
cuando en la garganta aprieta la muerte.

 

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Poemas

Voz y Canto

La voz, con un buen pertrecho,
busca su propio compás:
rima con ripio, ¡jamás!;
verso justo y por derecho.

El canto, aun si está maltrecho,
siempre recupera el son:
cuando el verso es intención,
la rima muestra belleza
y en la sílaba hay certeza,
incluso, en la sinrazón.

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Poemas

Ella: Su tierra, su piel, y nosotros

La búsqueda del sentido trajo una serendipia bajo la luna rosa: la rebusca. La dama del amor, con llanto celestial, desnudó la mentira y gritó: “¿Por qué?”, mientras sus pasos vacilantes se volvían firmes como el roble ante el viento.
Entre la vigilia y el sueño nadie en la plaza osa levantar la voz; por boca de mujer –como tú, mujer–  yo grito: “¡Dejadme tranquila!”, “¡Basta!”. Me voy para siempre, rompiendo las cadenas que la historia forjó con hierro y olvido.
Yo no soy poeta, pero en mi entraña enamorada late una belleza infinita. Tú sabes el camino, sin más; y aunque solo siete días me queden, te quiero con la furia de quien ha callado demasiado. Eso es amor: no solo palabras, sino música, agua y fuego.
Me pregunto qué sociedad sería capaz de escuchar a la mujer: no como eco, sino como raíz; no como adorno, sino como ella misma; columna que sostiene nuestro templo, con manos que sanan y ojos que ven más allá del espejo.
Su voz es río que arrastra piedras del silencio ancestral; su cuerpo, mapa de batallas ganadas sin medallas ni aplausos; en sus venas corre no solo sangre, sino memoria viva de resistencias.
Ella no es flor ni musa decorativa en jarrón ajeno: es arquitecta de futuros, tejedora de puentes sobre abismos de indiferencia. Cuando habla, el mundo se detiene; cuando camina, la tierra aprende a temblar.
Por eso —recuerda—, no midas el valor de la mujer por su silencio, sino por la fuerza con que rompe las cadenas y nos enseña el camino: quien la ignora se pierde en la oscuridad; mas quien la escucha halla la luz que ilumina… a toda la especie humana.

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