Plomo y memoria

La sombra del solsticio desciende
La triste máquina que nunca frena
La imposibilidad negra crece
Imposible segar todos los campos
Faltan las manos propias que cultiven
Para poder honrar todos los santos
Sacar los ojos a la negra noche
No puedo ni decir una palabra
Como plomo que cae lentamente
Pegado a mi espalda como cruz
Recuerdas la vida que fue tan cierta
Cuando los bordes temblorosos iban
Te incitaban siempre al desorden
Y la libertad nunca fue un sueño

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Poemas

De cómo la Esencia torna en arte

En la escuela del pueblo aprendí el temblor de lo real, y en el regreso a la infancia vi al padre bordar en el aire la paciencia de los días, mientras Mamá-rama mecía la tarde con una música morena, casi de pan, casi de lluvia. El hombre de gris cruzó la plaza con sus impresiones de ceniza, y la señora Ana, en su sombra, vendía silencio y dignidad. Ciudad Juárez ardía lejos, muy lejos, pero aquí la melancolía sonaba a campana rota, a sal azul, a un invierno de vidrio.
Hoy vuelves, sí, has vuelto a llamar, y ahí estás tú, reflejo del primer amor; Asunta me hizo recordarte como una llama breve en el pecho. Vayamos al mar, donde la ruptura no sea condena sino ola que limpia, y Selene escriba sobre la noche lo que quiero decir:
No al luto del artista ni al hambre de su voz, no a la demencia de quienes le cierran la puerta al Duende escarchado. Sedúceme, amor mío, con un mundo que cuide la obra, que dé al creador pan, tiempo y luz para crecer sin miedo, porque conozco ángeles, sí, pero también conozco la herida de quien sueña distinto y amanece sin salario ni nombre. Un paseo por las estrellas no basta si la tierra niega el taller, si el insomnio del talento se paga con olvido y con miseria.
Por eso digo y canto, a lo onírico: bailemos, locos por el arte, y que la poesía y su gente aprendan la lección de su propia música: quien protege la voz del creador, protege su futuro; porque el arte florece donde hay justicia, y el pueblo, al cuidarlo, se salva… ¡Nos salva!

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Poemas Prosa Poética

No soy Ana Grimberg y no me importa

A veces la jornada me queda
un poco chica y le añado parches
o la tiño con balizas
para que merezca recordarse.

A veces me muero.
Estuve muerta —de hecho—y me viví
porque me quise vivir
para vivir más que la vida chica
y ofrecerle asilo
—aquí, junto a ti—
en estos tiznados versos.

Me viví para respirarme
en la apnea.
A pesar de que nada sé
de aves sagradas,
me viví
para que merezca recordarme.

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Poemas
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